Él pudo juntar los trozos que nunca se rompieron

Cuando te cae un vaso o un plato al suelo se oye un estrépito. Cuando una ventana se hace añicos, una pata de la mesa se quiebra o cuando un cuadro se desprende de la pared se oye un chasquido. Pero en lo que al corazón atañe, cuando éste se rompe lo hace en el más absoluto silencio. Dirías que siendo algo tan importante debe­ría hacer el ruido más fuerte del mundo entero, o incluso emitir al­gún sonido ceremonioso como la vibrante resonancia de un címba­lo o el tañido de una campana. Pero guarda silencio y casi deseas que haga un ruido que te distraiga del dolor.

Si hay algún sonido es interno. El corazón grita y sólo lo oyes tú. Es un grito tan fuerte que te zumban los oídos y te duele la ca­beza. Se retuerce dentro de tu pecho como un gran tiburón blanco atrapado en el mar; ruge como una osa a la que han arrebatado su osezno. Eso es lo que parece y así es cómo suena, como una enor­me bestia que se revuelve presa del pánico en una trampa, rugiendo como si fuese prisionera de sus propias emociones. Pero así es el amor: nadie queda fuera de su alcance. Es tan desaforado como eso, tan vulnerable como una herida en carne viva expuesta al agua sala­da del mar, pero cuando el corazón se rompe, lo hace en silencio. Sólo gritas por dentro y nadie te oye.

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